En preescolar, una sola sesión de actividad física a la semana podría no ser suficiente

May 19 / Altum Fit Academy
Cuando se habla de actividad física en niños pequeños, es común pensar que cualquier clase extra “ya suma” y que una sesión por semana basta para generar mejoras visibles. La evidencia reciente sugiere que esta idea puede quedarse corta. Las guías de la Organización Mundial de la Salud para menores de 5 años no se enfocan solo en clases formales, sino en el movimiento diario total: para niños de 3 a 4 años recomiendan al menos 180 minutos de actividad física a lo largo del día, de los cuales 60 minutos deberían ser de intensidad moderada a vigorosa. Dentro de ese panorama, un estudio publicado en 2026 en Journal of Sports Science and Medicine aporta una pregunta muy práctica para escuelas, clubes y familias: ¿cuántas sesiones estructuradas por semana parecen ser necesarias para empezar a ver mejoras reales en la condición física de niños preescolares? (World Health Organization [WHO], 2019; Ren et al., 2026).

Qué analizó realmente el estudio

Ren et al. (2026) evaluaron a 63 niños de entre 3 y 6 años durante una intervención de 12 semanas. Todos participaron en clases estructuradas de 60 minutos con el mismo contenido e intensidad, pero fueron distribuidos según la frecuencia semanal: un grupo con asistencia muy baja, de hasta una sesión por semana; un grupo de una a dos sesiones; un grupo de dos a tres sesiones; y un grupo de tres o más sesiones semanales. Las clases incluían juegos de activación, circuitos con tareas como correr, saltar, lanzar, gatear y caminar sobre una viga de equilibrio, además de una breve vuelta a la calma. Antes y después del programa, los investigadores evaluaron equilibrio, velocidad, coordinación, salto, lanzamiento y flexibilidad mediante pruebas motoras estandarizadas (Ren et al., 2026).

Qué encontró

El hallazgo central fue bastante claro. Participar en actividad física estructurada menos de dos veces por semana pareció insuficiente para mejorar de forma consistente la condición física de estos niños. En cambio, cuando la frecuencia llegó a dos o más sesiones por semana, se observaron mejoras significativas en indicadores importantes como equilibrio, velocidad, coordinación, agilidad y fuerza, aunque la flexibilidad no cambió de manera relevante. Además, el estudio encontró algo igual de interesante: al superar las tres sesiones por semana, las mejoras tendieron a estabilizarse, lo que sugiere retornos decrecientes más que beneficios ilimitados por seguir sumando clases idénticas (Ren et al., 2026).

Visto con más detalle, los grupos de menor frecuencia apenas mostraron avances puntuales. El grupo de asistencia muy baja solo mejoró en salto horizontal, mientras que el grupo de una a dos sesiones mejoró sobre todo en equilibrio y salto. En contraste, los grupos de dos a tres sesiones y de tres o más sesiones mejoraron prácticamente en todos los componentes, salvo flexibilidad. Esa diferencia importa porque ayuda a pasar de una recomendación vaga a una interpretación más útil: en este contexto, dos sesiones semanales no parecen ser “mucho”, sino más bien el piso razonable a partir del cual empieza a acumularse un estímulo suficiente (Ren et al., 2026).

Qué significa esto en la práctica

Este estudio no sugiere que un niño pequeño deba depender solo de clases organizadas para estar sano. De hecho, las recomendaciones internacionales siguen recordando que el objetivo principal es un día físicamente activo en su conjunto, no únicamente una o dos sesiones semanales. Lo que este trabajo añade es algo más específico: si una escuela, academia o programa infantil quiere mejorar la condición física mediante sesiones estructuradas, programar menos de dos por semana podría quedarse corto, al menos cuando las clases duran 60 minutos y se desarrollan en condiciones similares a las del estudio (WHO, 2019; Ren et al., 2026).

Para divulgación científica seria, aquí conviene hacer una distinción importante. No es lo mismo cumplir con el volumen diario total de movimiento que generar adaptaciones medibles mediante clases estructuradas. Un niño puede moverse mucho jugando libremente durante el día y aun así responder de forma distinta a un programa guiado con objetivos motores concretos. Justamente por eso este hallazgo es útil: ayuda a estimar con más realismo la frecuencia mínima de una intervención organizada, sin confundirla con toda la actividad física que debería acumularse en la vida cotidiana (WHO, 2019; Liang et al., 2025).

Lo que dice la evidencia más amplia

Aunque el estudio de Ren et al. (2026) es reciente y práctico, no conviene interpretarlo como una verdad aislada. Una revisión con metaanálisis publicada en BMC Public Health en 2025 reunió 14 ensayos controlados aleatorizados con 3,376 niños de 3 a 7 años y concluyó que las intervenciones de actividad física sí mejoran de forma significativa distintos componentes de la condición física en preescolar, como fuerza muscular, coordinación, flexibilidad, capacidad cardiorrespiratoria y equilibrio. Además, el análisis mostró que la frecuencia, la duración de cada sesión y el volumen semanal total modifican el efecto, lo que refuerza la idea de que no basta con “hacer algo”, sino que la dosis del estímulo también importa (Liang et al., 2025).


Otra pieza útil para entender el panorama es una metaanálisis publicada en Frontiers in Public Health en 2024. Allí se observó que tanto las intervenciones estructuradas como las no estructuradas pueden mejorar las habilidades motrices fundamentales en niños preescolares, pero las estructuradas parecieron tener una ventaja en habilidades locomotrices como correr y saltar. Los autores destacan, además, que el valor del componente estructurado no depende solo del movimiento en sí, sino también de la guía del adulto, las consignas, la retroalimentación y la organización de la práctica, elementos que suelen perderse cuando todo queda al juego espontáneo (Chen et al., 2024).

En la misma dirección, un estudio de 2024 en Children comparó actividad estructurada contra juego libre en 53 niños de 6 años durante seis meses, con tres sesiones por semana. El grupo con actividad estructurada mostró mejoras significativas en varias pruebas de condición motriz, mientras que el grupo de juego libre solo mejoró de forma clara en una parte más limitada de la batería. Esto no significa que el juego libre no sirva, sino que confirma algo importante para entrenadores, docentes y academias: cuando el objetivo es desarrollar capacidades físicas o habilidades motoras concretas, la estructura del estímulo sí parece aportar un valor adicional (Kojić et al., 2024).

Lo que este estudio no demuestra

También conviene no sobreactuar el hallazgo. El estudio de Ren et al. (2026) tuvo una muestra relativamente pequeña, duró 12 semanas y se realizó principalmente en un espacio interior de alrededor de 130 m² con equipamiento limitado. Los propios autores reconocen que el contexto puede cambiar mucho la respuesta: en otros entornos, por ejemplo con espacios más amplios, más material y mayor movimiento espontáneo de alta calidad, incluso frecuencias más bajas podrían producir mejores resultados que los observados aquí. De hecho, el propio artículo discute investigaciones previas donde una sesión semanal sí generó mejoras, probablemente porque el contexto de práctica era muy distinto (Ren et al., 2026).

Tampoco debería interpretarse que tres o más sesiones por semana son “excesivas” en cualquier caso. Lo que el estudio mostró fue una tendencia a retornos decrecientes cuando las sesiones eran muy frecuentes y bastante similares entre sí. Eso es distinto a decir que más movimiento es malo. En niños pequeños, sumar actividad puede seguir siendo muy positivo, pero la variedad, el disfrute, la recuperación y la calidad pedagógica probablemente importan tanto como la frecuencia. En otras palabras, repetir más veces la misma clase no necesariamente produce mejoras proporcionales (Ren et al., 2026; Chen et al., 2024).

Conclusión

La lectura más útil de esta novedad es bastante práctica. En niños preescolares, una sola clase estructurada por semana podría ser insuficiente para generar mejoras consistentes en la condición física. Dos sesiones semanales parecen un punto de partida más razonable, y tres pueden seguir siendo útiles, aunque no necesariamente con beneficios mucho mayores si el contenido se vuelve repetitivo. Para escuelas, clubes, academias y programas infantiles, el mensaje no es llenar la agenda de clases sin criterio, sino construir una dosis suficiente de actividad guiada dentro de una infancia que también incluya juego libre, movimiento diario, descanso y variedad (WHO, 2019; Ren et al., 2026; Liang et al., 2025).

Referencias 

Chen, D., Zhao, G., Fu, J., Shun, S., Su, L., He, Z., Chen, R., Jiang, T., Hu, X., Li, Y., & Shen, F. (2024). Effects of structured and unstructured interventions on fundamental motor skills in preschool children: A meta-analysis. Frontiers in Public Health, 12, 1345566. doi:10.3389/fpubh.2024.1345566.

Kojić, F., Arsenijević, R., Grujić, G., Toskić, L., & Šimenko, J. (2024). Effects of structured physical activity on motor fitness in preschool children. Children, 11(4), 433. doi:10.3390/children11040433.

Liang, Y., Yang, Y., Yuan, Y., Chen, L., Wang, T., Luo, B., Wang, J., & Zhuang, J. (2025). Effects of physical activity interventions on physical fitness in preschool children: A meta-analysis of randomized controlled trials and dose–response study. BMC Public Health, 25, 3029. doi:10.1186/s12889-025-24156-3.

Ren, F., Zhao, X., & Qu, S. (2026). Is higher frequency always better? The dose-response relationship between structured physical activity frequency and physical fitness improvement in preschool children. Journal of Sports Science and Medicine, 25(1), 291–302. doi:10.52082/jssm.2026.291.

World Health Organization. (2019). Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5 years of age. World Health Organization.

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